lunes, 29 de noviembre de 2010

La Navidad

Otro año más en la misma esquina de la calle Goya, en frente del Corte Inglés. Las seis de la tarde. Estaba anocheciendo. Gente corriendo, familias reunidas, madres con prisa para llegar a casa a tiempo, cenas, preparativos, niños ilusionados, peticiones de última hora, vacaciones, tráfico, transporte que unía personas, llamadas, compras de última hora, caras de felicidad, esperas en los comercios, regalos, árboles de navidad, dinero, campañas publicitarias, ventas disparadas y disparatadas. Eso es lo que todo el mundo ve. Otro año más viendo como la gente que sale de tiendas caras, que se gastan fortunas en cosas que al año siguiente no les servirá o que ni siquiera habrá estrenado; no se pueden parar a donar un euro, o céntimos, no pedía más. Solo pedía algo para poder cenar esa noche. Sostenía mi cartel, el que sujetaba las 24 horas del día, los 365 días del año, pero conservado perfectamente desde el primero. Tenía la ilusión y la esperanza de que alguien se pudiese parar. La esperanza de que en un día como es el 24 de diciembre, pudiese recibir como regalo un mísero euro para cualquiera, algo más valioso para mí. Pero mis esperanzas se desvanecieron cuando dieron las diez de la noche. Las calles vacías, comercios cerrados con carteles que mostraban que tenían una familia con la que estar y a la que atender, ningún coche pasaba, todas las luces de los edificios encendidas, ruido dentro de las casas, calor familiar. Pero yo seguía en la misma esquina. Autobuses de línea sin servicio, el metro parado, estaciones cerradas, ni un alma. Y así pasaban las horas. Las once, las doce, la una... Pensaba en las pocas probabilidades que había de que alguien que pasase a esas horas, alguien que llegase tarde a su cita de Nochebuena, se parase y me diese de cenar. Pero esa persona que soñaba no llegaba. Era una noche algo más especial, pero que no iba a cenar, algo a lo que ya estaba acostumbrado. No conseguía dormirme. Hacía algo más de frío esa noche. No me servía con la manta, así que fui en busca de un cartón, algo que me abrigase. Encontré el envoltorio y lo que buscaba de una televisión de plasma de unas sesenta y tres pulgadas de la marca Samsung, modelo nuevo en el mercado, algo más de dos mil euros, no me fijé bien, pero eso no me importaba. Me cubría el cuerpo entero. Me entró el sueño, y me dormí, con el deseo de que, al año siguiente, pudiese recibir, con suerte, un regalo por Navidad.

Patricia Cortajarena
4º ESO

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