jueves, 2 de junio de 2011

CARTELES PUBLICITARIOS

Estos carteles los realizaron los alumnos después de haber trabajado en diferentes proyectos de campañas publicitarias.



                          
  Marian Ruiz, Rafael San Martín, Patricia Rico-Avello, Elena Navarro. 4ºB



 


Miguel Rodríguez-Sahagún, Rafael Rosell, Gonzalo Pellicer, Estanislao Rodríguez. 4ºD






Pedro Pérez de Castro, Eduardo de la Paz, Mariano Rabadán. 4ºC






                                     Clara Ranney, Alejandra Préstamo, Kiera Pérez O'Grady. 3ºC






Daniel Mohedano, Jorge Meneu, Guillermo Molllins, 1ºC

jueves, 31 de marzo de 2011

A corazón cerrado

A corazón cerrado cuando el alma
se hace verso y el silencio palabra
dejo que el viento hable y que me abra
mis dos pupilas rotas en la calma


de este alba que vuelve a ahogarse en tinta
por dos almas que se aman pero juegan
a esconderse, a mirar cómo se ciegan
en su luz. Y la muerte corre, esprinta.


Y medio muerto, medio ciego estoy
pasando a ras de verso por tu lado
susurrando al presente y al pasado


que no escondan el mañana donde voy
pues sin ti ya ando solo y condenado
a escribir a corazón cerrado.

Ignacio Aranguren. 2º Bachillerato A

El cuento sin fin

Había una vez, hace no demasiado tiempo, una casa. A simple vista, parecía una casa normal, pero, en realidad, era especial.
En esta casa vivía Juan, un muchacho soltero, con su perro, que derrochaba alegría, Sancho. Era un perro de tamaño pequeño, bastante rápido, (a decir verdad), y no era un perro verde, pero se acercaba bastante. Y es que Sancho tenía unas características especiales; él no era normal.
Sus ojos parecían tener un bote de luz dentro. Alumbraban más que una bombilla. Y sus orejas, ¡AY!, sus orejas... parecían dos deliciosas cataratas de chocolate rozando el suelo.
A Sancho le gustaba saltar; bueno, más bien, pegar brincos. Y otra de sus características especiales era que podía caminar sobre sus patas traseras (...)

Un día, Juan fue a pasear a Sancho a un escalofriante parque.
Digo escalofriante, porque los árboles eran feos, y no se movían con el viento.
Digo escalofriante, porque el banco de arena en el que normalmente juegan todos los niños en los demás parques, parecía de cenizas después de haber encendido una buena chimenea.
Digo escalofriante, porque en él no había niños saltando, niños riendo, o niños jugando.
Asustados, Juan y Sancho volvieron a la extraña casa en la que vivían. En el camino de vuelta, encontraron un libro, más parecido a una biblia que a un libro normal, pues tenía un gran grosor. Lo cogieron y rápidamente entraron en casa.
Y, ahora que me acuerdo, os digo por qué la casa era extraña; era extraña porque parecía tener vida propia, parecía que te abrazaba, haciendo todo más acogedor, más bonito, más tranquilo, más silencioso.
Cuando, ya tumbados en el sofá, abrieron el libro y empezaron a leer, se quedaron un poco impresionados. Y es que el libro parecía que con las mismas palabras escritas, les estuviera hablando a ellos.
Les decía que, al encontrarlo, debían guardarlo en una mochila, tirarla al río, y que fuera arrastrado por la corriente, como si nadara.
El caso es que, en unos años, ese mismo libro, sería encontrado por otra persona, con un perro extraño, irá corriendo a esa misma casa, será leído, y esto se repetirá, y se repetirá, y se repetirá.
Y lo más emocionante, es que el siguiente, podría ser cualquiera de nosotros.

María Pereda Escola. 1º ESO A

Un golpe de suerte


Esta historia se sitúa en el año 1937, cuando España estaba viviendo la Guerra Civil, donde luchaban padres contra hijos, hermanos contra hermanos, primos contra primos, amigos contra amigos. Rubén era uno de los pocos médicos que aún conservaba la vida en la provincia de Zamora. Esto se debía a que al bando contrario no le convenía que tuviesen médicos que curasen las heridas de los soldados, y por ello los perseguían hasta matarlos. Y la razón por la cual él seguía vivo no era otra que un amigo suyo, tiempo atrás, le había recomendado que, si tocaban al timbre, él nunca abriese la puerta, que siempre fuese su mujer o sus hijos quienes lo hicieran, y que nunca contestase al teléfono. Rubén había seguido su consejo y hasta aquel momento le había ido todo bien. Cientos de personas acudían a verle con todo tipo de heridas: desde las muy graves, como feas quemaduras producidas por un incendio o una bomba o personas a las que les faltaba un miembro por una reciente batalla; hasta otras de menor importancia como una herida mal curada. Su trabajo lo mantenía muy ocupado, tanto que ya casi no tenía tiempo para su familia. Sin embargo, tanto su mujer como sus dos hijos lo comprendían y lo aceptaban.
 La noche en la que le llamaron era una noche normal, sin nada fuera de lo común. Se encontraba cenando en el comedor de su pequeña pero acogedora casa, rodeado por su familia, cuando el teléfono comenzó a sonar. Siguiendo el consejo de su amigo, su mujer se levantó y respondió.
–¿Sí?... ¡Oh!... ¡Dios mío! Sí, sí, enseguida se pone.–insegura, se volvió hacia Rubén y le tendió el teléfono.
 Él se levantó y contestó.
–Hola, soy el doctor Rubén Fernández…
–¡Doctor, qué bien que le he pillado en casa! ¡Ha ocurrido algo horrible, señor! ¡Tiene que venir de inmediato a casa de la señora López!–respondió apresuradamente la persona.
–Está bien, está bien, cálmese y dígame exactamente lo que ha pasado.
–Sí… Verá, no sé si lo sabrá, pero ha habido un bombardeo, señor. Desafortunadamente la señora López se encontraba dando un paseo por la zona y ha resultado gravemente herida –le contestó.
Rubén frunció el ceño, extrañado. No sabía nada de que había habido un bombardeo, y eso ya era extraño, se dijo. Él era médico por lo que, ¿cómo es que no le habían avisado antes?
–Está bien… ¿pueden traer a la señora a mi clínica o prefieren que vaya yo a su casa?
–Si no es demasiada molestia, señor, nos gustaría que viniese usted aquí. Nos da miedo que el moverla pueda empeorar sus heridas.
–De acuerdo, enseguida voy para allá.
–¡Muchas gracias, doctor!
Cuando colgó, Rubén se volvió hacia su familia y les contó lo sucedido.
      –Debo ir inmediatamente. Una quemadura no es ninguna tontería. –dijo mientras recogía su abrigo, su bufanda y su sombrero.
 Justo cuando iba a salir por la puerta, su mujer le interceptó y le dedicó una mirada preocupada.
       –No te preocupes, no me pasará nada –la tranquilizó él, dedicándole una sonrisa.
Después salió a la calle, donde nevaba con mucha fuerza, se protegió con la bufanda y se dirigió a la casa de la señora López. Ésta era ya una señora mayor a la que él atendía a menudo porque se solía quejar de dolores de espalda. No le extrañó el hecho de que ella hubiese salido a pasear a pesar de que eran tiempos extraños para salir a darse una vuelta, porque él mismo era quien se lo había aconsejado. Sin embargo, seguía preocupado porque no le hubiesen avisado antes del bombardeo o, directamente, porque no lo hubiese notado, ya que las bombas hacían mucho ruido y se oían sirenas ir y venir. Tan concentrado estaba en sus cavilaciones que no se dio cuenta de que en la acera contraria había una mujer mayor que caminaba muy despacio. Si no fuese porque ella giró la cabeza un segundo y lo vio, habría pasado de largo sin reconocerla.
–¡Doctor! ¡Doctor! ¿Qué hace usted fuera a estas horas? ¿Es que no sabe que es peligroso?- preguntó en tono burlón.
–Pe…Pe…Pero… ¡Señora López! –exclamó, reconociéndola– ¿Cómo es posible? ¡Pero si me acaban de llamar diciéndome que estaba usted herida gravemente!
–¿Yo? Oh no, doctor, ¿es que no me ve? Yo estoy perfectamente. Bueno, para serle sincera, tengo un gran dolor en la pierna derecha, pero que yo sepa eso no es muy grave –dijo ella mirando al infinito–. Alguien debe de haberle tomado el pelo, doctor, que es usted muy inocente… Bueno, que ya es muy tarde. ¡Nos vemos mañana doctor!
 Se despidió ella dando media vuelta y reanudando su marcha.
–Dios mío… ¿qué diablos está pasando aquí? –se preguntó Rubén, confundido.
 Sin embargo, decidió que era mejor volver a su casa. ¿Quién sabe qué había pretendido aquel hombre al llamarle?
  Cuando llegó a su casa no les contó nada de lo sucedido a sus hijos, pero se llevó a su mujer aparte para explicarle todo lo que había pasado. Cuando terminó, vio en sus ojos el brillo de una sospecha, pero ella no contestó a sus preguntas. En cambio, le abrazó con fuerza y le dijo que había tenido mucha suerte. Él no entendió del todo el significado de sus palabras hasta el día siguiente, cuando le anunciaron que dos de sus compañeros médicos habían muerto en la calle donde vivía la señora López de un disparo en la cabeza.

Marta Carrasco y Fonseca. 3º ESO

lunes, 21 de febrero de 2011

CONCIERTO DE PEREZA EN EL PALACIO DE LOS DEPORTES DE MADRID

Ayer, 18 de diciembre el grupo “Pereza” dio un concierto en el Palacio de los Deportes de Madrid. Este fue el penúltimo antes de tomarse un descanso de un año, después de una larga gira por España titulada “Aviones”.

Este dúo español ha decidido apartarse de los escenarios por un año después de diez años de trabajo y cinco discos bastante exitosos. Llenaron el Palacio de los Deportes con el grupo “Sidecars”, cuyo cantante es el hermano de Leiva, como teloneros.


 Tocaron canciones de antiguos álbumes, al igual que canciones de su último trabajo. Estos dos amigos, supieron perfectamente cómo meterse al público en el bolsillo. Los fans estaban entregados y los comentarios a la salida del concierto fueron todos muy positivos.


Mónica Encabo, 2ºB

Se inaugura un colegio con un método completamente novedoso en Madrid

“Ya no quedan plazas”, anunció ayer Esperanza Aguirre

El jueves 2 de diciembre, a las cinco de la tarde, Esperanza Aguirre inauguró un nuevo colegio en Madrid. Según la presidenta de la comunidad el colegio está teniendo un gran éxito. Ya no es posible matricular a más gente. Según Esperanza Aguirre ya no quedan plazas.
El colegio abarca los niveles de enseñanza desde el jardín de infancia a segundo de bachillerato. Tiene una metodología completamente diferente, ya que pretenden mezclar a los niños discapacitados con el resto. “Intentamos que no haya tanta diferencia entre ellos”, nos explica el director. Eso sí, los niños discapacitados trabajarán con especialistas.
Aunque la escuela está teniendo mucho éxito, hay algunos padres que tienen dudas. “No estoy muy segura de que este proyecto funcione”, cuenta una de las madres. Aunque también hay muchas personas que muestran su conformidad. “He estado hablando con los maestros, parece muy buen colegio. Además, es estupendo que los niños aprendan a convivir.”, dicen.


Alejandra Consuegra 3ºE

San Patricio aporta 30.000 euros a Turkana

Después del exitoso Rastrillo de Navidad celebrado en el colegio San Patricio el 18 de noviembre, el recuento de todo el dinero recaudado para el proyecto que la Fundación San Patricio tiene en Turkana, supera la cifra de 30.000 €.
El proyecto se basa en recaudar fondos para que sean utilizados en el centro que el colegio ha construido para acoger a las niñas de Turkana, y darles así la oportunidad de tener un futuro mejor.
Tras el Rastrillo de Navidad y otros actos benéficos, la dirección del colegio afirma sentirse orgullosa de la generosidad y solidaridad de los padres y alumnos. El propio director ha agradecido públicamente la colaboración, no solo de los miembros del colegio, sino también a todos los amigos y familiares.

Milena Martínez, 3ºD

El creador de facebook está en desacuerdo con la película sobre su historia.

El director de cine David Fincher estrenó el 1 de octubre en Estados Unidos la película Network, en la que se cuenta la historia de cómo el creador de facebook fundó esta red social.

La película Network  ha tenido mucho éxito; ya son 300 millones de espectadores los que se han interesado por ella. Pero al creador de facebook no le ha gustado ya que le representan como un pobre alumno becado de Harvard, que a base de engaños consigue su popularidad y fortuna.

Mark Zuckenberg, creador de facebook, actualmente vive en una modesta casa con su mujer, sin ninguna ostentación, por lo que no le ha gustado que en la película parezca que sólo le interesa el dinero y no le importan las personas queridas, por ello ha denunciado a los creadores la película.


                                                                            

  María Escribano 3º B

NUEVO FESTIVAL EN EL DÍA DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA

   Fiesta inventada por el rey Juan Carlos I

 NUEVO FESTIVAL EN EL DÍA DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA

    El día 6 de diciembre se celebra un nuevo festival



El rey Juan Carlos I organiza un desfile de disfraces con motivo navideño para el día 6 de diciembre, fiesta de la Constitución española. Se celebrará en la ciudad de Madrid, y será el festival más visitado.


Ayer día 2 de diciembre Juan Carlos I, rey de España, anuncia un nuevo festival para la fiesta de la Constitución española. La propuesta fue bien acogida por todo el mundo, y la popularidad del monarca aumentó en gran medida en estos últimos días.

A las 11:30 comenzará el desfile que tendrá lugar en la plaza Cibeles y durará hasta las 12:45. Acto seguido habrá una muestra de las carrozas con motivos navideños en el Paseo de la Castellana. Se prolongará desde las 17:00 hasta las 19:00, cuando se inaugurará un buffet libre de comidas de las distintas comunidades de España.





Laura Blanco, 2ºD

España se prepara para las Olimpiadas del próximo 2020

Miles y miles de españoles esperan y preparan ansiosos las próximas Olimpiadas, que se celebrarán en el 2020 por todo Madrid. Ya se están montando instalaciones deportivas por las afueras de la
capital.

Desde el pasado 11 de mayo, cuando Madrid fue elegida ciudad para las Olimpiadas del 2020, nadie ha parado. La alcaldía madrileña ha invertido más de cuatro mil millones de euros para preparar la ciudad, y los ciudadanos no paran de ofrecerse voluntarios y donar más dinero.

En total se han instalado y se instalarán once nuevos centros deportivos: dos pistas de tenis en Alcobendas, cuatro polideportivos cerca de Móstoles y cinco campos de baloncesto, fútbol y béisbol. Éstos, sumados a los que ya hay, forman un total de 48 centros deportivos. Se esperan más de seis millones de personas, por lo que es previsible que la ciudad recaude grandes sumas de dinero.

Beatriz Alamen Redondo. 2ºA

viernes, 4 de febrero de 2011

El rapto de una estrella

Yo no sabía su nombre, pero tampoco ella. En medio de la humeante tragedia que se respiraba en el ambiente ella resplandecía como una estrella. Así que decidí que ese sería su nombre:

-¿Qué te pasa cariño? ¿Estás bien?

-¿Cómo? Yo... yo... ¿Te conozco?

-Sí, Estrella, soy yo. Bruno, tu marido. Me enteré de esto y vine a buscarte.

 -¿Cómo sé que eres mi marido?-la pregunta me pilló de sorpresa. Saqué la foto de Anabel y mía en nuestra boda de la cartera. Con su mirada dulce y su cabello de paja recogido en un elegante moño se parecían significantemente. En realidad, casi podrían haber pasado por hermanas. Cogí la linterna y le examiné las pupilas.

Su mirada estaba nublada por la confusión, y probablemente también por el traumatismo craneoencefálico. Trabajando en una ambulancia, ves a menudo golpes de ese tipo.   El choque entre los dos trenes estaría en portada de todos los periódicos al día siguiente y seguramente aquella diosa de cabellos despeinados y harapos tendría personas que estarían muy preocupadas por ella. Miré a mi alrededor, observando las pilas de cadáveres y todas las víctimas desorientadas que pululaban alrededor y debajo de los trenes buscando probablemente a sus seres queridos. Tomé la única decisión que un hombre con sentido común tomaría.

¿Sería únicamente una amnesia pasajera causada por el espantoso espectáculo que había presenciado? Deseé fervientemente que fuera permanente.  Montada en el asiento de copiloto de la ambulancia, Estrella trataba de saciar su curiosidad.

-¿Por qué iba en el tren?- decía dulcemente mientras se  acariciaba consternada el vendaje que la envolvía la cabeza.  En la parte de atrás de la ambulancia llevaba a mis compañeros y a dos heridos de gravedad. Les dejaría en el hospital y les diría que iba a volver al accidente a intentar ayudar.

-Ibas a visitar a mi madre. Lo mucho que se va a preocupar cuando se entere de esto. Con lo que ella te quiere. ¡Es como una madre para ti! Teniendo en cuenta que tus padres murieron en aquel terrible incendio cuando eras pequeña, nunca habías tenido una figura materna - improvisé.

-Una cosa, ¿tenemos hijos?-su voz parecía quebrarse al imaginarse a sus posibles pequeños y sus dedos se entrelazaban nerviosamente.

-No, todavía no. Nos casamos el año pasado y habíamos decidido esperar otro año más para los niños para poder disfrutar el uno del otro un poco más - La más brillante de las ideas cruzó mi mente. Estábamos ya en mi coche, de camino a mi piso- Oye, Estrella, escucha. Mira, yo te quiero y tú me querías. Éramos la pareja perfecta, y no quiero que nuestro amor desaparezca. ¿Y si empezamos de cero? Podemos irnos de aquí y conocernos de nuevo. A cualquier sitio, donde quieras, nos vamos ya mismo. Tendremos hijos y viviremos felices. Por ti, yo también me olvido de mi pasado. Nunca volveremos aquí, ¿vale? Nos vamos a donde quieras y no tendremos que volver nunca.
-Quiero ir a Viena -replicó tajantemente.

-¿Por qué Viena? –pregunté mientras entrábamos en mi piso y comenzaba a meter ropa en las maletas. Por suerte Anabel y ella tenían tallas parecidas.- Cámbiate, ¿quieres?- comenté mientras le pasaba distraído el vestido favorito de mi mujer. Era amarillo, con flores blancas, por las rodillas. En mi corazón sabía lo bien que le iba a quedar.

-No sé, es precioso y tan romántico. Todo el pasado de sus calles, compensará la ausencia del mío. No recuerdo nada concreto de mi vida, pero sí recuerdo cosas sueltas. Simplemente conocimientos inconexos. Y me acuerdo de Viena, de sus palacios, de la emperatriz Sisí y de sus museos. Sé mucho de arte, de arquitectura ¿sabes? - Se retorcía un mechón de su cabello dorado con dulzura y miraba a su alrededor. Confiadamente  se desnudó y tiró sus harapos a la basura. Para mí fue como si tirara su pasado. – ¿Me pasas algo de ropa interior?

-Claro, es que tú estudiaste Historia del Arte. Y fuimos a Viena un fin de semana el invierno pasado, también porque tú insististe - contesté tranquilamente sonriendo mientras le pasaba el conjunto de encaje y seda blanco que Anabel llevó en nuestra noche de bodas. Me pareció apropiado para nuestra primera noche juntos.

-Cuéntame cosas de mí. De nuestra vida y de mi vida antes de conocerme - me dijo en el avión. Ella volaba con el pasaporte de Anabel, estaba tan emocionada por el viaje que ni se había dado cuenta. Pensé en contarle la verdad y un escalofrío me recorrió la espalda. Simplemente la cambiaría un poco.

-Bueno, tú eres mi Estrella. Me guías, me ayudas cuando lo necesito, me alivias. Te necesito. Yo tuve otra esposa antes de conocerte; se llamaba Anabel. Era muy dulce y yo la amaba casi tanto como a ti - le cogí la mano para calmarla pues parecía un tanto inquieta-. Ella murió de cáncer de pulmón. Tú me ayudaste a superarlo. Fuiste mi ángel –me apretó la mano con fuerza.

-¿Dónde nos conocimos?

-Donde te recogí hoy.

-¿En serio? En la estación de tren, ¿cómo?- preguntaba traviesa. La empezaba a conocer y en su romántica e idealista cabeza le parecía una buena manera de conocernos. Ya sabes, terminar donde todo había empezado. Me mordí el labio e inventé rápidamente.

-No es nada estilo Jane Austen, ¿eh? Hace tres  años tú estabas detrás de mí en la cola para comprar patatas fritas y te intentaste colar, caradura. Llevaba diez minutos esperando y estaba harto. Te iba a echar la bronca, y entonces te vi. Tan bonita y delicada con un jersey negro de cuello de cisne. Llevabas el pelo en una coleta medio deshecha y pintalabios rojo oscuro. Radiante. Te dejé colarte a cambio de tu número de teléfono. Empezamos a salir y nos enamoramos. Nos casamos y vivimos juntos en el piso donde hemos estado esta tarde. Pero eso no importa, porque estamos aquí y ahora.
Mientras yo balbuceaba inseguramente las mentiras, estaba planeando. Tenía bastante dinero ahorrado además del dinero que me había dejado una tía lejana mía y mi fondo de pensiones. Pasaríamos en el mejor hotel de Viena los primeros días, sería nuestra luna de miel.

Seríamos felices de verdad e inventaríamos un futuro nuevo para mí y un pasado para ella.

Carmen Tapia
1º Bachillerato D

La probabilidad de lo improbable


Sentía el aire como pinchazos en las mejillas, su pelo se enmarañaba por debajo del casco y en ocasiones se le ponía en los ojos dificultando su visión, pero eso a ella no le importaba, pues había tramos que ya se sabía de memoria en los que cerraba los ojos buscando la sensación de temblor en sus párpados.  No tenía miedo a la velocidad, abría la boca y tomaba una bocanada de aire, aire que solo sabía a libertad. Sus labios secos y agrietados, paralizados por el frío podían dibujar aún una modesta sonrisa.

Sería el primer veinticuatro de diciembre sin ella, el primero sin su exagerada alegría paseando en pijama de hojas de acebo y descalza por la casa. Este año su pijama era algo diferente, un gris apenado con achacosos lunares blancos. Su rostro pálido no abandonaba la franqueza y libertinaje que le caracterizaban. Su labio todavía agrietado, pero esta vez no por el frío, cosido con un sintético hilo negro.

Esquivando los coches, aceleraba mientras las curvas eran cada vez más desafiantes. Nada conseguía hacerle frenar, la adrenalina segregada quería conducirle al infinito a un lugar sin dimensiones que desgraciadamente consiguió. Un coche de ambulancia hacía contraste con el rebosante ambiente navideño presente en las calles.  Su cuerpo sobre la camilla, irreconocible entre cortes, atravesaba veloz, mareas de ilusión, aceras arrebatadas junto a tiendas que no hacían más que atiborrar sus cajas registradoras.

De mi bolso de cuero marrón saqué su regalo de navidad, envuelto en un sobrio papel de regalo que con cierto cariño desenvolví, un libro de poesías de Pablo Neruda. Abrí el índice y tras una breve meditación abrí la página noventa y dos. Empiezo a leer en alto, decidida: “Tengo miedo -Y me siento tan cansado y pequeño/ que reflojo la tarde sin meditar en ella/ (En mi cabeza enferma no ha de caber un sueño/ así como en el cielo no ha cabido una estrella.)”  Mi voz inevitablemente temblorosa tras un breve suspiro se mantiene firme y pienso en que lo improbable es por definición, probable, lo que es casi seguro que no pase es que puede pasar, continúo: “Sin embargo en mis ojos una pregunta existe/ y hay un grito en mi boca que mi boca no grita/ ¡No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste/  abandonada…” El pitido de una de las maquinas a la que estaba conectada me interrumpe, ella en respuesta, abre lentamente los ojos, al mismo tiempo que se dibuja esa sincera curva en su rostro y añade: “…en medio de la tierra infinita!”

Nelia Tabatabaian
2º Bachillerato B

Descubriendo la Navidad


Todos en la aldea decían que era un castigo de los dioses, pero yo, una vez más, pensaba diferente. Aquella noche de luna nueva un nacarado tigre de bengala se había adentrado en nuestra aldea, destrozando las cabañas y llevándose la mayor parte de nuestra comida y respeto, para volver a enterrarlos bajo las tinieblas verde-oscuras que nos rodeaban. En mi opinión, el tigre tenía hambre y seguía su instinto, en la de mis compañeros, un demonio había estado espiando nuestros sueños mientras dormíamos. 

A mis diez años de edad, no conocía más mundo que el que me dejaban ver las fronteras salvajes y borrosas que se tragaban el sol cada día, las mismas desconfiadas que se alejaban de mi cada vez que trataba de darlas alcance.

Había nacido en tierras africanas, en una ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme, pobre a los ojos de la economía, inmensamente rica para mí. Era un reino de ocres y verdes pálidos, cubierto de una interminable manta de arena roja que por las noches rugía y a veces incluso te lamía los pies. Eran tierras prendidas en el olvido, tierras de nadie. Donde cada uno era su propio rey, donde todos éramos vasallos de todos, donde los leones se camuflaban con el horizonte. Las historias se susurraban entre las piedras, los árboles solitarios arrancaban breves destellos de sombras transparentes, los pájaros se deslizaban entre jirones de aire caliente.
Algunas tardes de mucho calor, cuando el crepúsculo nos teñía de violeta, olía a flores marchitas y tardes de domingo, y la tierra, palpitante, se evaporaba. Mientras tanto, este mundo se perdía en la anhelante mirada de un niño limitado por un reino sin límites.

Fue esa misma noche, cuando decidí ir más allá de lo que me alcanzaba la vista. Según me había contado mi madre, el mundo es mucho, mucho más grande. Y en un lugar mucho, mucho más grande, tiene que haber mucha, mucha más belleza ¿Verdad? Pues en eso se basaba el desequilibrado objetivo de un viaje que se apoderaría de mi vida, en buscar la belleza.

Una década más tarde, había recorrido ya cientos de tierras, todas parecidas a la mía, todas diferentes, pero ninguna tan hermosa. Recuerdo como si fuera ayer el día en que me monté en un pequeño bote lleno de personas y angustia, y crucé un tal estrecho, en busca de lo que pretendían ser tierras ricas y desarrolladas.
Pero cuando llegué ahí, me encontré con un dinamismo frustrante al que mis pupilas no estaban acostumbradas. Las tierras eran puntiagudas, a veces rectangulares, envueltas en un olor ácido y sonidos estridentes. El aire era picante y gris, y la gente, picante y gris también. 

Lo que más me sorprendió fue que todos buscaban incansablemente algo (aun no he descubierto el que). Se movían de un lado a otro tratando de darle alcance, a veces como búfalos en una estampida. Incluso en sueños lo hacían, y cuando creían tenerlo, desaparecía.

Yo, sumido en mi objetivo, me quedaba quieto rompiendo una eterna cadena de prisas, contemplando la vegetación domesticada que salpicaba las calles, como recortaban las casas altas la espesura de las nubes, como bailaban las estrellas sobre sus cabezas cuando creían no ser vistas. 

¿Y ellos que hacían? Me miraban como si estuviese loco. Supongo que para una cadena bien organizada no ayudaría un eslabón que contemplara pedazos de puestas de sol. Porque eso era yo ahora, un eslabón, pero uno diferente, que en vez de actuar, observaba. El problema es que cuanto más observaba, más sufría. Allá donde yo nací, cada elemento que existía era bello y especial en sí mismo, simplemente por ser lo que es. Aquí, la belleza se escondía tras las farolas y bajo las aceras, pero en los hombres, era difícilmente reconocible. Todos iban a la caza de una felicidad inexistente, tratando de camuflar sus vanos efectos con más búsqueda, más dinamismo, más intentos absurdos de desplegar y replegar la complejidad de la existencia, ahogándose en una ciudad que se enredaba sobre sí misma y les arrastraba a ellos consigo.

Me hubiese encantado poder explicarles que la verdadera felicidad se escondía en su interior, que la verdadera belleza está en la contemplación de la vida en el movimiento humano, en la eternización de los segundos y olvido de los minutos. Pero sé que nadie me escucharía, y aunque lo hiciesen, nada cambiaría, porque desde su infancia nunca han entrado por una puerta con la mente abierta. Están entrenados para considerar que solo ocurre lo que tiene que ocurrir.
Pero un día, todo cambió. De repente, todos se volvieron como yo. Todos disminuyeron el ritmo, se pararon a pensar, se abrazaron, sonrieron a la vacuosidad del tiempo, se olvidaron inexplicablemente de la corriente de velocidad que arrastraba sus vidas. Las mujeres se arreglaban y pintaban, los hombres trataban de ajustarse antiguos trajes de chaqueta, brindaban con abrazos y bebían ilusión. Reían, charlaban, soñaban. Ahora sí levantaban la cabeza y señalaban estrellas, que disimulaban quietas, riendo a destiempo.
Estaba maravillado, habían llenado la ciudad de millones de tintineantes lucecitas, que, orgullosas, desafiaban la oscuridad invernal. Suaves copos de nieve volaban entre nosotros, amontonándose desordenadamente, dando una increíble sensación de aplastante pesadez albina, que contrastaba con la vacuosidad de mi niñez, y casi (remarco el casi) la superaba en belleza.
Mi estupor iba en aumento cuando las personas se quedaban absortas mirándolos, esas mismas personas que pasaban todos los días bajo frases escritas por pájaros migratorios y ni siquiera se volvían a mirarlas, que saltaban por encima del hombre que moría de hambre en la calle, que ignoraban que el espejo no les reflejaba realmente a ellos, que morían a cada paso que daban, arrastrando consigo la dignidad humana. Esas mismas personas, entusiasmadas por la caída de nieve en polvo a sus pies.

Al fin me enteré de que ese día, por las causas que fuesen, se denominaba día de Navidad, y se deseaban felicidad los unos a los otros, y se detenían a contemplar la exquisitez de la existencia, y se ponían guapos tanto por fuera como por dentro, y se hacían regalos, y creían en la magia, y se dedicaban a querer a los demás. Porque ese día, todo era bello, y cada uno era especial.

Entonces fue cuando llegué a la conclusión de que la raza humana no estaba tan perdida. Sueña con que vuela cuando en verdad no deja de caer, una y otra vez, pero su (al fin y al cabo) inteligencia, les ha llevado a crear un día en el que se viva tumbados. Porque desde el suelo, todo se ve diferente. Porque sin la necesidad constante de llegar a alcanzar un alto punto incierto, el hombre puede respirar, y el niño puede reír de nuevo. Fue entonces cuando me acordé del tigre que había atracado mi hogar, y al cual sigo respetando desde el primer momento. Él no tenía problemas de prisas, tiempos y silencios, él vivía en constante armonía con su entorno y consigo mismo. Seguía su instinto y el resto no importaba. Así pues, vivía en una continua y larga Navidad. Pero, ¿no es parte de la Navidad, el entusiasmo de vivir un día irrepetible, que solo se da cada tantas lunas, que se reserva para no dejarnos llevar del todo por la espiral en la que nos sumergimos? ¿No está formado en parte por la consecuencia positiva del sufrimiento? 

Así fue como yo, nómada vocacional y observador oficial de la belleza, descubrí la Navidad, y me di cuenta de que la mayor belleza del mundo, invisible a los ojos, se encuentra sepultada en lo más hondo de cada persona. Y a veces, solo a veces, renace de sus cenizas provocando esa inmensa paz, esa increíble sensación de ser querido, creando niños de adultos, personas de monstruos, viajeros de niños. Creando el famoso día de Navidad.

Ana Lois Perreau de Pinninck, 2º Bach D